El Dinero ¿Lo Compra Todo?

Escuché en una ocasión una historia que sucedió en una iglesia pequeña que iba a celebrar una reunión. Un antiguo miembro que asistió a esa celebración se había vuelto muy rico, tanto en posiciones como también en dinero. Cuando testificó de cómo Dios lo había bendecido con el correr de los años, contó un incidente de su niñez.

Dijo que cuando él ganó su primer salario mientras era aún niño, decidió guardarlo por el resto de su vida. Pero entonces, un ministro predicó acerca de una urgente necesidad que había en la Iglesia. Él luchó para decidir si debía o no dar sus pesos. “Sin embargo, el Señor ganó” - dijo él.

Entonces, con cierto orgullo agregó: “Coloqué mis atesorados pesos en el plato de las ofrendas. Y estoy convencido de que la razón por la que Dios me ha bendecido tanto, es porque cuando era niño, le di todo lo que poseía.” La congregación se quedó admirada y algunos hasta pasmados con este testimonio... hasta que una anciana que estaba en el frente dijo en alta voz: “¡A que no se atreve a hacerlo otra vez!”

Detrás de esa historia hay una gran verdad para muchos de nosotros, como miembros de la iglesia de Dios: Es cierto, cada sábado vamos al templo a las reuniones en la iglesia, pero no queremos poner en práctica nuestra fe todos los días, si eso nos priva de tener éxito en la vida, o gozar de algunos placeres mundanos, mismos que el tener dinero nos proporciona.

Pero… ¿Cómo podemos nosotros hacer entender a una persona, que la felicidad no radica en tener mucho dinero, o cómo aclararemos a alguien lo que nos indica el Salmo 146:5, acerca de que la felicidad les llega a aquellos que encuentran su ayuda y esperanza en Dios, si hasta nosotros mismos nos afanamos en demasía por estar bien preparados en ciencia para ostentar las mejores posiciones en las empresas o en los negocios que realicemos, con tal de tener algunos lujos en la vida y que nuestros hijos sean “felices” y no sufran las mismas carencias que nosotros sufrimos?

Con esto no quiero decir que el tener mucho dinero sea malo, porque si lees en Génesis 13:2, te darás cuenta que Abraham no era rico, dice que era riquísimo en oro, plata y ganado. De hecho en el Antiguo Testamento, se concebía la idea de que la riqueza era un signo de bendición de Dios, por eso podemos ver que los patriarcas eran bendecidos con bienes materiales, lo mismo que Job.

Vemos que especialmente en los libros poéticos como Salmos, Proverbios y Job, se hace gran énfasis en lo relacionado a las riquezas, donde hay interesantes enseñanzas que bien podríamos meditar y practicar.

En el Nuevo Testamento el Señor Jesús abordó este tema con especial atención, ya que es una situación humana que puede afectar a la vida espiritual y a la colectiva porque creemos que el dinero lo arregla todo, que nos librará más pronto, inclusive que ni el mismo Dios, de alguna tribulación o de una angustia por la que estemos pasando.

Los evangelios retoman el tema cuando Jesús se muestra contra las riquezas, al mismo tiempo que se manifiesta simpatizante de los pobres, este punto puede parecer a algunas personas como contradictorio, ya que hay un texto que a veces se toma para manifestar que Jesús vino a darnos vida y vida en abundancia, pero hay un argumento razonable para todo esto.

Es cierto que la Biblia, en particular a partir del nuevo pacto sellado por la sangre de Jesús, nos aconseja seguir la virtud de la sencillez y el desapego a lo material, como cuando en alguna ocasión el mismo maestro dijo en Mateo 6:21: “donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.”

El dinero como tal tiene un lado positivo, porque todo ser humano merece vivir dignamente y comer gracias al fruto de su esfuerzo, porque como es bien sabido, Dios bendijo el trabajo, pero lo que nos interesa aquí, es entender que existe un lugar apropiado para el dinero en la experiencia y la vida cotidiana de un hijo de Dios.

Veamos lo positivo; el dinero permite la manutención de la existencia humana, es necesario para que nos alimentemos y mantengamos el principio vital del cuerpo, permite que tengamos abrigo, techo, educación y también que podamos retribuir a Dios con los diezmos.

El asunto social también esta dentro de este polo, porque podemos llegar a expresar amor y compasión por nuestro prójimo a través de él, es decir, podemos ayudar con nuestros bienes a la gente que lo necesita sin el temor de dar y desprendernos de algo que finalmente es efímero y que seguramente dará bienestar al que lo requiera, “¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa: que cuando veas al desnudo lo cubras y no te escondas de tu hermano?” Isaías 58:7.

Entonces… ¿en dónde radica lo malo?, no en el dinero, sino en la ambición desmedida y en los excesos que caemos con tal de obtenerlo. En la confianza ciega que a veces llegamos a depositar en él, y en lo que poseemos. Esto nos consume de tal manera que no podemos esperar en Dios.

Esto es lo que es verdaderamente malo, Cuando dejamos que nuestras ambiciones empañen nuestro pensamiento y olvidamos quién en realidad tiene control de nuestras vidas. Cuando permitimos que la ambición empañe nuestra manera de pensar con respecto a la soberanía de Dios.

Así es como debemos interpretar las enseñanzas de Jesús, por que en sí, no condenó las riquezas, sino que señaló sus peligros en relación a que la riqueza hace vulnerable al hombre de olvidarse que es solamente administrador de los bienes y que los tesoros que se construyen en la vida terrenal se corrompen (Mateo 6:19). También lo explicó cuando explicó a sus apóstoles la parábola del sembrador y se refirió a la semilla que fue sembrada entre los espinos, donde la palabra fue ahogada por el engaño de las riquezas y por lo tanto la Palabra resulta infructuosa.

Salomón menciona en Eclesiastés 5:12 que es muy dulce el sueño del trabajador, coma mucho o coma poco, pero al rico no lo deja dormir la abundancia, por eso “el que confía en sus riquezas caerá…” Proverbios 11:28, porque “no duran para siempre” Proverbios 27:24.

He sabido de algunas personas que han corrido riesgos de más, por aferrarse a sus riquezas. Han muerto al lanzarse dentro de casas en llamas tratando de rescatar algunos de sus bienes o los asesinaron porque tercamente se resistieron ante ladrones armados. Aparentemente, creían que la vida no valdría la pena sin sus posesiones materiales. Otras, al perder su riqueza, cayeron en la desesperación, incluso al punto del suicidio.

El mayor de los peligros al identificarnos demasiado con nuestras posesiones radica en el área espiritual de la vida. Cayendo así, en el mismo exceso en que se vio involucrado Simón el mago, según nos relata el libro de los Hechos 8:9-20. Él con sus artes mágicas había engañado durante mucho tiempo, pero cuando escuchó acerca de que Felipe predicaba el evangelio de Dios y bautizaba en el nombre de Jesucristo, también creyó y se bautizó. Estaba siempre con Felipe viendo las señales grandes y milagros que él hacía quedándose atónito.

Cuando Simón vio que por imposición de manos de los Apóstoles se recibía el Espíritu Santo, les ofreció dinero: diciendo dadme también ese poder, para que a cualquiera a quien yo le impusiere las manos reciba también el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se compra con dinero.

Un apego malsano a las cosas materiales puede llevar a una persona cristiana y no cristiana al Simonismo (pensar que podemos comprar nuestra salvación con dinero) como algunas formas de credo lo hacen y compran por adelantado las dichosas indulgencias por si el año próximo cometen “algunos errores” en su vida espiritual, y con ello ponerse a cuentas con Dios.

Solo sometiendo nuestras motivaciones y deseos a nuestro Señor Jesucristo podremos estar seguros.

“El que ama el dinero, no se saciará de dinero, el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad, cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen. ¿Qué bien, pues, tendrá su dueño, sino verlos con sus ojos?, así como salimos del vientre de nuestra madre, desnudos, así regresamos, yéndonos tal como venimos y nada tenemos de nuestras posiciones para llevar en nuestras manos.” Eclesiastés 5:10-15

La historia del joven rico ilustra convincentemente esta verdad. Las palabras de Jesús “No podéis servir a Dios y al dinero” Mateo 6:24 ciertamente se aplican a todos nosotros. Preguntémonos ¿hasta qué punto lo económico puede amenazar nuestra relación con Dios?, porque es muy cierto que el amor al dinero puede producir codicia o hacernos pensar que somos independientes por poderlo comprar todo.

Por eso lo mejor es ser sensato con el dinero, ganarlo honestamente, usarlo prudentemente evitar a toda costa que se apodere de nosotros, pues es tan solo un bien material para intercambiar objetos y mantener nuestras vidas, pero no es aquello por lo cual se juegue la integridad humana y espiritual.

Mantengamos una gran distancia entre nuestra persona y nuestras posesiones. Esto nos evitará muchos sufrimientos. Si creemos en Cristo, no cometamos el mismo error del joven rico, porque eso puede costarnos la vida espiritual y apostemos por practicar la sencillez de corazón, la modestia y templanza en todo (Tito 1:8), la libertad de la codicia (Hechos 20:32) y por recibir la manutención básica y material con agradecimiento a Dios, además de usar el dinero sin abusar y dar alegremente como lo dice la Palabra de Verdad.

“Y dijoles: mirad, y guardaos de toda avaricia; por que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” Lucas 12:15


Diácono Efraín Lira Soto
Las Fuentes Edo. De Méx.

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