Pruébese cada uno a sí mismo…

Antecedentes

Siempre que se acerca la Cena del Señor, ese tan importante culto para la Iglesia de Dios, oímos por medio de predicaciones, artículos, exhortaciones en las fraternidades, folletos y pláticas en reuniones regionales, de la gran importancia que tiene el presentarnos a dicha Cena de la mejor manera posible, dignamente. 

La Iglesia de Dios tiene este tan importante Culto, para recordar o hacer remembranza de la Muerte de nuestro Señor Jesucristo, que fue el mandamiento que Él mismo dio a sus discípulos cuando les dijo que hicieran lo mismo en memoria del Él (Lucas 22:19). De ahí se desprende el grande respeto que debemos manifestar cuando nos presentamos a participar de esos emblemas.

Participar de la Cena del Señor, no es “un borrón y cuenta nueva”, pues la palabra de Dios es clara cuando dice que no expongamos a vituperio al Hijo de Dios, pretendiendo crucificarle nuevamente por los pecados cometidos (después de nuestro bautismo) (Hebreos 6:6).

Por lo tanto, amado hermano(a), es de vital trascendencia que comprendamos que debemos mantener nuestra conciencia limpia y nuestra vida en santidad.

Pruébese cada uno a sí mismo

Esta fue la recomendación que Pablo, el apóstol de los gentiles, daba a la Iglesia de los Corintios; que dicho sea de paso, fue exhortada por varias problemáticas latentes en el seno de ésta, unas más delicadas que otras.

En el capítulo 11 de su carta a dicha Iglesia, el apóstol Pablo los persuade con motivo de la manera en la cual estaban acercándose a la mesa del Señor, ya que les hacía reflexionar en que todo aquel que come y bebe indignamente de esa Cena (que trae a la memoria la muerte del Hijo de Dios), está “comiendo” juicio para sí mismo, pues no está discerniendo el cuerpo de Cristo (1ª Corintios 11:29).

De lo anterior deducimos que el punto clave de la recomendación de Pablo, gira en torno a esa falta o ausencia de discernimiento que estaban presentando muchos de los hermanos de la Iglesia de Corinto. En razón de ello, debemos entender a qué se refería el apóstol Pablo cuando encargaba a los hermanos que fueran sensatos e inteligentes en tan importante aspecto.

El Apóstol Pablo en su segunda carta a la misma Iglesia, les recalca con la misma importancia dicho punto, pero con más claves: “Examinaos a vosotros mismo si estáis en fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros? Si ya no sois reprobados.” (2ª Corintios 13:5). De aquí se derivan tres claves para ese “autoexamen” que tenemos que realizarnos cada uno; primero, si estamos en fe; segundo, si Jesucristo está en vosotros; y una tercera, “si ya no sois reprobados.”

1. Estar en fe

El primer aspecto que Pablo recalcaba a la Iglesia de Corinto, era que ellos debían probarse para saber si realmente en fe. ¿Cómo se realiza esto? ¿Dónde conseguiremos un “medidor de fe”? o ¿hay alguien, miembro del ministerio o hermano que nos pueda decir la cantidad de fe que tenemos? ¿Difícil tarea?

Precisamente, el contexto en el cual se escribe el pasaje que da motivo al título de este artículo, es el que nos ayuda para poder comprender a qué se refería el Apóstol Pablo. 

Una de las principales problemáticas que existían dentro de la Iglesia de Corinto eran las divisiones causadas por las disensiones y contiendas entre ellos. Esto había provocado que se hicieran distinciones entre ellos mismos, pues no hablaban una misma cosa… “Os ruego pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” (1ª Corintios 1:10).

Además de las contiendas, se habían provocado una fuerte ACEPCIÓN de personas, ya sea por la diferencia de conocimiento (sabiduría) o por el hecho de que había quien sí tenía alimento y otros no. De tal manera que muchos evitaban a los que no tenían y realizaban “su cena” en su casa y creían que con esto cumplían el mandamiento de la Cena del Señor. Lo anterior fue denunciado por el apóstol Pablo, como malo, pues esa actitud llegaba al grado de avergonzar a los que no tenían (2ª Corintios 11:21, 22).

También se había caído en el error de que solamente se juntaban y ya no cenaban juntos; pues muchos ya habían “cenado en sus casas”. El hecho de sólo cumplir con “juntarse en uno” en el día de la Cena del Señor no era cumplir el mandamiento que el Hijo de Dios les había dejado. El Apóstol Pablo les reprende diciendo que él les había enseñado (lo que había recibido directamente de Jesús), que la noche que Jesús fue entregado tomó pan y bebió de la copa con sus apóstoles, estando ellos reunidos con Él; es decir, no les había mandado a cada quien a su casa a hacerlo, sino que compartió con ellos la Cena.

En el capítulo 10, el apóstol Pablo usa de la figura retórica de la interrogación para obtener una respuesta afirmativa cuando les pregunta que si la copa de bendición (la de la Cena) no era la comunión de la sangre de Cristo, y también les pregunto si el pan que se partía no era la comunión del cuerpo de Cristo; de tal manera que la respuesta definitivamente era afirmativa (v. 16).

Con lo anterior, les da a saber que el participar de la Cena del Señor implicaba (e implica) que ellos entendieran la verdadera comunión, asunto que desde el principio de su primera carta les exhortó fuertemente, pues había oído de los de Cloé que había entre ellos contiendas (1ª Corintios 1:11). Del hecho que estuvieran divididos se deduce que no había dicha comunión entre ellos; pues la comunión implica el tener sentimientos y pensamientos en común “que seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” (1ª Corintios 1:10).

Lo anterior, definitivamente estaba en contra de lo que el mismo Señor Jesucristo les había enseñado a sus apóstoles: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34-35).

Entonces, entendemos que lo que sucedía entre los hermanos de Corinto, rompía con ese principio básico que había enseñado el Señor Jesús para sus seguidores; por lo que no se debe tomar la Cena del Señor en franca disensión entre hermanos en la Iglesia.

Por lo anterior, nos percatamos que el Apóstol Pablo les quiso dar a entender que la fe no sólo consistía en que ellos dijeran que creían y esperaban en Jesús, sino que la fe también debía de ser manifestada por la verdadera comunión entre ellos. Debido a la situación anterior (la división y las disensiones), es que muchos estaban enfermos y debilitados (espiritualmente hablando), y otros cuantos definitivamente estaban en completo resfrío o “dormidos” (v. 30).

También se puede entender que el Apóstol Pablo les dice que quien participaba de la Cena en tales situaciones de división, disensión, desamor, acepción de personas, etc., no estaba discerniendo el cuerpo de Cristo, pues este (el cuerpo), no está dividido; además de que, el que así lo hacía, estaba ganando el juicio de Dios por su mal proceder. De la misma manera, en un aspecto figurativo, siendo la Iglesia el cuerpo de Cristo o representando su cuerpo (Efesios 1:22, 23), no puede estar dividido.

2. Que Jesucristo está en vosotros

El Apóstol Pablo hace reflexionar a los hermanos de Corinto cuando les pregunta ¿no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros? (2ª Corintios 13:5). Esto terminantemente era para que ellos comprobaran si las enseñanzas del evangelio de Cristo realmente estaban haciendo eco en cada uno de ellos.

La enseñanza que habían obtenido del Apóstol Pablo era imitar a Cristo en sus obras, por efecto de las cosas que habían visto de él: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1ª Corintios 11:1). De esta manera nos damos cuenta que el Apóstol los estaba invitando a que verdaderamente permitieran que Cristo morara en ellos, pues sólo de esta manera manifestarían la verdadera fe: la que cambia y transforma al hombre animal (terreno) en hombre espiritual (que es guiado por el espíritu de Dios).

El Apóstol Juan nos ayuda aún más para comprender esta parte cuando nos dice: “El que dice que está en él, debe de andar como el anduvo.” (1ª Juan 2:6). Andar como Él anduvo implica una vida caracterizada por la justicia (lo justo), el amor, la misericordia, la compasión, la fe, la obediencia, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la oración, el ayuno, la predicación y la enseñanza del evangelio, la manifestación de la voluntad y el amor del Padre, el amor de los unos a los otros, etc. (Juan 8:7; Marcos 4:24; Juan 5:30; 3:16; Mateo 20:28; Marcos 6:34; 8:2; Juan 10:17; 4:34; Marcos 10:51-52; Lucas 6:35; Mateo 11:29; Lucas 5:16; Mateo 4:1-2; Juan 5:24; Mateo 4:23; 9:35; Lucas 8:1; Juan 13:34-35). El mismo Jesús en una ocasión expresó cuál era uno de sus objetivos primordiales, hacer la voluntad de Dios: “…porqué yo, lo que a él agrada, hago siempre.” (Juan 8:29).

Notamos pues, que andar en fe es imitar a Cristo en todas sus obras.

3. Si ya no sois reprobados

Una conciencia manchada de pecado es una barrera para la comunión con Dios, y la limpieza de la conciencia no puede efectuarse con sólo presentarse al templo a participar de la Cena del Señor.

Una vez que se hace la evaluación de los dos puntos anteriores, podemos saber si efectivamente nos presentamos dignamente a participar de la Cena del Señor.

¿Cuántos hoy en día se enojan locamente (grandemente) con su hermano(a) y se presentan a la Cena del Señor sin hacer un esfuerzo por reconciliarse con el hermano(a) ofendido? El mismo Señor Jesús dijo acerca del que lleva su presente al altar: “Mas yo os digo, que cualquiera que se enojare locamente con su hermano, será culpado del juicio; y cualquiera que dijere a su hermano, Raca, será culpado del concejo; y cualquiera que dijere, Fatuo, será culpado del infierno del fuego. Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente. Concíliate con tu adversario presto, entre tanto que estás con él en el camino; porque no acontezca que el adversario te entregue al juez, y el juez te entregue al alguacil, y seas echado en presión. De cierto te digo, que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.” (Mateo 5:22-26).

¡Cuán importante es presentarse a la Cena del Señor con una limpia conciencia, libre de cargas y adversos en nuestro corazón!

Conclusión

Es muy importante que para participar de estos emblemas sagrados nos presentemos con una conciencia limpia, sin hacer acepción de nuestros hermanos en ningún aspecto, ya sea económico o de conocimiento; tal cual sucedía entre los hermanos de Corinto.

Veamos y démonos cuenta que participar de los emblemas sagrados, el pan y el vino (el jugo de la vid) es manifestar nuestra voluntad de tener comunión con el cuerpo de Cristo (su Iglesia) y con la sangre de Cristo que nos da la salvación y la oportunidad de aspirar al regalo de Dios: LA VIDA ETERNA.

Diác. Hubert Medina Román

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