LA MESA DEL SEÑOR O LA MESA DE LOS DEMONIOS

Cuando el apóstol Pablo envió esta epístola a la Iglesia de Corinto, consideró urgente hacerlo, ya que las referencias que tenía no eran satisfactorias; y todo parecía indicar que el entorno había ensombrecido la nueva vida en Cristo permitiendo que la mundanalidad entrara en la vida de los hermanos de esa Iglesia, perdiendo así su identidad de pueblo santo.

Una de las cosas que el apóstol Pablo trata de poner en claro es: Que el evangelio de nuestro Señor Jesucristo es el mensaje de salvación que supera grandemente a la sabiduría humana, pues en él está definida plenamente la voluntad de Dios.

Corinto era una ciudad perteneciente a la antigua civilización griega y era reconocida en ese entonces como la cuna de grandes filósofos y pensadores; por lo mismo, prevalecía la idea de que no había más grande sabiduría que la de ellos, y de alguna manera, esta ideología muy humana en un cierto grado existía en la Iglesia, por lo cual el apóstol les dice: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros no fui con altivez de palabra o de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, más en poder de Dios” (1ª Corintios 2:1-5).

Con esto, daba por hecho que la Iglesia de Corinto debía quitarse esa mentalidad de que ellos poseían la más elevada sabiduría del mundo y debían entender que la sabiduría de Dios superaba (y supera) en gran manera a la sabiduría del hombre.

Cuando conocemos y aceptamos la sabiduría de Dios y nos regimos por ella, ésta nos transforma, nos regenera, nos libera y nos perfecciona; sin embargo, de manera contraria, cuando nos dejamos llevar por la sabiduría humana nos extraviamos del verdadero camino y naufragamos en nuestra fe. Pablo decía: “Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos,” (Romanos 1:22). Más adelante puntualiza: “Empero iré presto a vosotros, si el Señor quisiere, y entenderé, no las palabras de los que andan hinchados, sino la virtud. Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en virtud.” (1ª Corintios 4:19-20).

Efectivamente, reafirmamos que nuestro Dios no espera que andemos según nuestra opinión, sino que siguiendo el consejo divino seamos llenos de buenas obras y santidad de verdad.

¡Qué grande bendición tenemos como Iglesia de Dios por habernos elegido y predestinado para ser su pueblo! El apóstol Pablo expresa: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:4-5).

¡Qué hermosas palabras nos revelan la infinita misericordia de Dios y el gran propósito para nosotros quienes nos llama hijos! ¡Así es! Cerca de Dios hay infinidad de bendiciones para disfrutar, tal como lo dijo el hijo pródigo: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!” (Lucas 15:17).

Es verdad que el que se allega a Dios deja de padecer, porque Él satisface toda la necesidad física, espiritual y emocional. Todo esto nos debe convencer de que Dios, es un Dios grande, poderoso, misericordioso y Santo (todo a la vez), el cual nos eligió para que dejásemos de participar de la mesa de pecado (mesa de los demonios), de maldad y de mentira “Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios: y no querría que vosotros fueseis partícipes con los demonios.” (1ª Corintios 10:20).

Cuando el apóstol habla a la Iglesia de Corinto y les dice: “Empero estas cosas fueron en figura de nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis honradores de ídolos, como algunos de ellos; según está escrito: Sentóse el pueblo a comer y a beber, y se levantaron a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veinte y tres mil. Ni tentemos a Cristo, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.” (1ª Corintios 10:6-10).

Pablo no está suponiendo nada, sino que está dando por hecho que se practicaban estas cosas en algunos miembros por lo cual los amonesta: “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios: no podéis ser partícipes de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios” (1ª Corintios 10:21).

En esta carta vemos pleitos, incesto, mundanalidad, paganismo, idolatrías, abusos, matrimonios mixtos, divorcios, adulterios, fornicación, etc.

De igual manera esta amonestación viene a ser oportuna para la Iglesia de Dios actual por si acaso se ha relajado la conducta cristiana y se han tolerado ciertas costumbres mundanas (uso de pantalón, maquillaje en la mujer, arreglos y peinados mundanos tanto en el hombre como en la mujer, uso de música mundana, uso inapropiado del internet con una doble personalidad, etc.)

Y en lo Espiritual se ha dejado se ha dejado de practicar el amor, la oración, estudio de la biblia, la constancia en la asistencia a la iglesia, la puntualidad, la participación en las actividades de la Iglesia y lo más grave y peligroso es que pensamos que estamos “bien” o que no estamos mal. 

Al decir el apóstol Pablo: “no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios,” también está revelando que la Iglesia de Corinto llevaba una doble personalidad practicando las obras del Espíritu, pero también practicando las obras de la carne. En relación a esto, la palabra de Dios nos dice: “¿Echa alguna fuente por una misma abertura agua dulce y amarga?” (Santiago 3:11).

Ahora bien, el Señor nos permite un medio de reflexión para renovarnos y perfeccionarnos en el amor de Dios, esto es a través de la Cena del Señor, la cual cada año celebramos en memoria de la muerte del Señor Jesucristo. Debemos entender que al vivir apartados del mal y consagrados plenamente a Dios nos hace ser dignos de los emblemas de los cuales Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene Vida Eterna: y yo le resucitaré en el día postrero.” (Juan 6:54).

Por ello, cuán importante es vivir en armonía con Dios para que la participación de los emblemas sea una bendición. “Porque el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor” (1ª Corintios 11:29).

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual tenéis de Dios y que no sois vuestros? Porque comprados sois por precio, glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu los cuales son de Dios.” (1ª Corintios 6:19-20).

Preparémonos para que esta solemnidad sea grata delante de Dios y derrame abundantes bendiciones como siempre hace con aquellos que en humildad le dan el valor debido a los actos sagrados como esta conmemoración. 

Min. Misael Benítez Arroyo

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